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El modelo comunicacional de la escuela tradicional está ligado todavía a la cultura del libro, propia de la sociedad industrializada. El conocimiento a través del libro asegura su conservación y trasmisión a lo largo del tiempo, como también el control de quienes están autorizados a difundirlo. Las formas de trasmisión del saber en la enseñanza fueron siempre unidireccionales y jerárquicas, centradas en la figura del docente como depositario y emisor del conocimiento.

Bajo este mismo modelo pedagógico, los estudiantes tienen una actitud pasiva y receptiva frente a los contenidos propuestos por el docente. Son el objetivo de la enseñanza broadcast: uno emite (el docente), muchos escuchan (los alumnos).

La eficacia que la cultura del libro todavía hoy tiene sobre la pedagogía tradicional, hace que otras formas de producción cultural queden relegadas. Es lo que sucedió con los intentos de integración de los medios audiovisuales como la televisión y el cine a las estrategias de enseñanza formal, y ahora está sucediendo con las nuevas tecnologías de la información y la comunicación.

Interactividad, hipertextualidad y la multimedialidad son características intrínsecas de las nuevas tecnologías que involucran los modelos 1a1 y propiedades poco exploradas en los modelos pedagógicos tradicionales. Suponen sujetos con prácticas totalmente distintas a las propuestas por el modelo de comunicación y distribución del conocimiento que propuso el libro en las escuelas.

Las fuentes de información, antes almacenada en los libros y bajo el control del docente, en los modelos 1a1 están descentralizadas y distribuidas en el ciberespacio al alcance de todos, y donde los estudiantes pueden acceder en forma ubicua. Las puertas de acceso a los contenidos de la clase se multiplican y los caminos para acceder a ellos son variados. El docente pierde el control, pero cuidado, no necesariamente la autoridad.

1a1 significa que los alumnos de una clase pueden tener una relación más activa con los objetos de aprendizaje, con sus compañeros y una interacción más fluida con el docente. Pueden ampliar los contenidos desarrollados y aportar a la clase más información tomada de su propia investigación en la Web. Pueden también intercambiar datos con sus compañeros, como también producir documentos en forma colaborativa.

Del mismo modo, al docente también se le presenta una riqueza informacional inédita, una variedad de lenguajes, formatos y medios que puede aprovechar para ampliar sus conocimientos y competencias, y redefinir sus estrategias didácticas para la enseñanza en este nuevo contexto.

1a1: La resonancia del cambio

Lo primero que cambia es el aula. La representación visual que tenemos de ella, se modifica de forma indeclinable con el modelo 1a1 en marcha.

La más evidente de las transformaciones se relaciona con la arquitectura e infraestructura del aula. Por lo general nos encontramos con que no están preparadas para la saturación tecnológica. Faltan toma corrientes para abastecer de energía a las computadoras, y esto termina condicionando y “desordenando” –o, mejor, proponiendo otro orden de- la distribución de los alumnos en el espacio. Se diseñan sistemas de alargues que en el corto plazo traen dificultades en la circulación y dinámica del aula.

Al agregarse nuevas tecnologías al ecosistema áulico la función que cada herramienta cumple es redefinida. Se necesita establecer criterios que determinen qué lugar tendrá el cuaderno y la laptop para el desarrollo de la clase, y cómo se articularán entre sí. Una vez más, le negociación entro lo viejo y lo nuevo emerge en cada instante de la clase.

La irrupción de lo digital hace que la distribución de los materiales y actividades del aula también cambien. Se vuelven necesarios nuevos criterios que organicen la circulación de los recursos digitales. También se redefine la modalidad de trabajo con la posibilidad de combinar lo presencial y virtual al mismo tiempo.

En cuanto a la planificación de la clase, cambia el tiempo establecido de desarrollo de las actividades. Varía la habilidad y destreza de los estudiantes dependiendo de la formación previa que tenga cada uno. Así, es necesario aplicar estrategias de nivelación de los conocimientos en el manejo de las herramientas.

Los enfoques y metodologías de trabajo también deben redefinirse en este nuevo escenario. La presencia de la tecnología digital en el aula (que no necesariamente está centrada en la computadora) instala con ella la posibilidad de acceso a medios digitales, plataformas Web centradas en la participación y el intercambio fluido de información entre sus usuarios, que “distraen” la atención (o, de nuevo, proponen otro tiempo de atención) del estudiante en el desarrollo de la clase.

Emerge en todo modelo 1a1 una mayor alternancia del trabajo grupal y el individual. Es necesaria una planificación que organice la actividad conforme a las nuevas posibilidades que brindan las nuevas tecnologías. Como también es necesario reformular los resultados esperados, hasta ahora traducidos en productos que se esperan de los alumnos.

En el cambio se ven afectados también los criterios de evaluación para medir los aprendizajes. En la medida que se agregan nuevos lenguajes y formatos, se añaden nuevas competencias que habrá que desarrollar en los estudiantes, con nuevos instrumentos de medición.

La proyección del cambio

La clave del cambio en la escuela bajo la modalidad 1a1 está en las formas de acceso y producción del conocimiento. Las prácticas pedagógicas se encaminan hacia formas diferentes de organización del trabajo, donde docentes y alumnos asumen nuevos roles y funciones.

En el proceso de cambio, el docente es el que tiene un rol protagónico en la tarea de alfabetizar a los estudiantes para su desenvolvimiento en la sociedad del conocimiento. Su función es destrabar el modelo de recepción instalado en la escuela y reorientar la comunicación en el aula, hacia formas más participativas en la construcción de los aprendizajes.

Para ello, tiene que definir estrategias didácticas que recombinen objetos de aprendizaje digitales y no digitales. Fijar criterios para la selección, jerarquización y valoración de la información distribuida, que le permita a los estudiantes contar con herramientas suficientes para trazar sus propios recorridos en función de sus intereses. Y además diseñar entornos de aprendizaje que promuevan la participación, intercambio y producción en red, de acuerdo con las exigencias del contexto tecnológico y mediático.

Eric Raymond utiliza la metáfora de la catedral y el bazar [1] para explicar dos modos de producir valor. El modelo catedral está ligado al desarrollo del software propietario: nace de un grupo de programadores que, a puertas cerradas y de manera centralizada, lanzan al mundo un software. El modelo bazar, en cambio, responde a un desarrollo abierto, distribuido y descentralizado. Pone el código a disposición de los usuarios, potenciales hackers capaces de detectar errores y mejorar el software. Las mejoras del sistema, a diferencia del otro, se producen de manera permanente.

Mientras el modelo catedral se conecta con una concepción de la cultura letrada, donde el conocimiento es cerrado y limitado, producido por unos pocos especialistas y consumido por muchos; el modelo del bazar se conecta con la cultura del conocimiento abierto e ilimitado, producido y consumido por muchos. En este modelo, todos tienen la posibilidad de ser prosumidores, productores y consumidores al mismo tiempo.

El modelo pedagógico bajo la modalidad 1a1 hacia el cual se encamina la escuela, está próximo a ser el del bazar, y no el de la catedral. Esto se explica a partir de la creciente tecnologización de la cultura y de la presencia de espacios virtuales o no virtuales que promueven la participación y producción social del conocimiento.

Notas

1- Raymond, Eric. La catedral y el bazar. 1997-98. Traducción de José Soto Pérez. Disponible en línea en: http://www.sindominio.net/biblioweb-old/telematica/catedral.html